Tarika Shadilía de Murcia (Valle Ricote)
                                                                                                                     
Marzo  de 2007
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EL LENGUAJE DE LA EXPERIENCIA MISTICA ES UN SILENCIO LLENO DE CONTENIDO

En La Presencia del más Compasivo, El Misericordioso.


El ser humano, en la medida de su necesidad para mejorar la comunicación, elabora un lenguaje cada vez más complejo. La utilización de un vocabulario extenso, rico en matices, se ha ido desarrollando en consonancia con la evolución de cada una de las sociedades.

Disponemos de un lenguaje popular o tecnológico, de un lenguaje comercial, de otro lenguaje para definir y expresar niveles o estados emocionales, un lenguaje religioso, etc.

Pero en lo que respecta a la evolución espiritual, y llegados a determinados estados de la conciencia, el lenguaje, sea cual sea, se muestra insuficiente para definir, o compartir, la experiencia mística. Puede llegar un momento en el que el lenguaje no sólo no ayude, sino que se convierta en un serio impedimento.

El lenguaje es conceptual y pertenece al ámbito del ego, de su capacidad de entendimiento y percepción, de la cultura en medio de la que se desarrolla, etc. A través del lenguaje podemos expresar los conceptos que elaboramos a partir de nuestro entorno, de cuanto conocemos o creemos conocer, y según el momento, según el estado emocional o la información parcial que manejamos, etc.

Nuestros conceptos, son elaborados a partir de nuestra apreciación localista y subjetiva, así pues son inestables, y por lo tanto deben de estar sujetos a la evolución, al igual que el lenguaje que los define. Las experiencias emocionales, incluidas las religiosas, aún cuando sean intensas y en ocasiones difíciles de definir, no dejan de pertenecer al plano conceptual, y por lo tanto siguen siendo territorio del ego cambiante.
La alegoría poética suele ser el recurso de expresión para las grandes emociones, religiosas o no que, aún superando los niveles habituales, son elaboradas por el concurso de los sentidos. Tales emociones, por lo tanto, siguen perteneciendo al recinto del ego como perceptor de todo cuanto es materia, pero tan sólo intuidor de los planos espirituales. Hay ocasiones en las que el místico, impelido por la “obligatoriedad” de mostrar su experiencia, se “enreda” en giros poéticos de extraordinaria belleza. Pero tales poemas, inflamados de amor, no dejan de suponerle la frustración propia de quien quiere mostrar algo que le sobrepasa, y para lo que el idioma no es capaz de crear el vocabulario preciso.

El ego puede intuir, coquetear, y relativamente “conocer” los planos del espíritu, pero por su naturaleza material y transitoria no puede alcanzar la plenitud del conocimiento que se guarda en estos niveles. Decimos, por lo tanto, que el ámbito del espíritu puede ser intuido por mediación de la materia, o el ego, ya que esta es el soporte necesario, para el espíritu, en la Creación. Pero es función de la conciencia ir desplazando el protagonismo del ego, que separa, con el fin de que sea el espíritu unificador, o la conciencia, quien tome las riendas de la evolución, utilizando al ego como instrumento, y no como adversario.
No obstante, y alcanzado cierto estado en el proceso de evolución, los conceptos adquiridos sobre la “materia” y el “espíritu”, que antes se apreciaban separados desde la percepción material, y muy limitada del ego, “desaparecen”. Espíritu y materia, a partir de este momento, dejan de ser “aquellas realidades” diferenciadas en sustancia o esencia, gracias al conocimiento de la Unicidad adquirido vivencialmente, y no sólo teóricamente. La conciencia ha dejado el papel pasivo y ha ocupado el protagonismo de “religiosizadora” (de religare), o unificadora de cuanto fue separado, y por ello se convierte en dirigente de nuestro destino en lugar del ego.

Llegado a esta situación el espíritu reconoce vivencialmente La Unicidad, de forma que uno y otra, espíritu y materia, se descubren conformando dos niveles diferenciados en lo aparente, pero constitutivos de Una Sola Realidad en su Esencia, El Principio Creador.

El lenguaje religioso, que hasta llegar a este estado era útil en la comunicación y servía para comprender, comunicar, acercar o separar y diferenciar, se convierte en vehículo de inexactitudes, de insuficiencia, de separatividad y de confusión.
Durante el proceso de “religare”, de unificación, desaparecen las distancias, y por el desvanecimiento de lo dual, ante la conciencia del ser humano, se descorre el velo de la multiplicidad en la creación, haciéndonos evidente la Unicidad Universal.

Comprendemos vivencialmente que todo es Uno, Uno es todo, por lo tanto la multiplicidad aparente no deroga el Principio de Singularidad, sino que lo reafirma.
Llega un momento en el que el lenguaje religioso que antes era necesario, ya sea para la invocación, la oración, etc., se percibe ahora como un elemento que alimenta la idea de multiplicidad como un conjunto de realidades de diferente naturaleza, que separa “lo que está unido” y fortalece la distancia.

Así, el lenguaje religioso, tan necesario para la comunicación y desarrollo durante los primeros estadíos en la evolución, produce un sentimiento de inquietante inexactitud en el espíritu del místico, ya que le parece dispersador, pues desde la Unicidad se pregunta: ¿Quién habla con quien?. Así es como la contemplación de los misterios no tiene otro destino que “el propio corazón universalizado”, y siente que la oración discursiva, las palabras, apuntan en otra hipotética dirección, inexistente, y le sugieren algo semejante a “una herejía” (sea este término bien entendido en su relatividad).

La experiencia profética es una variante de la experiencia mística, y las dificultades de comprensión y transmisión, a las que se enfrenta el personaje que la “padece”, son de una considerable magnitud. El místico no siempre ha de compartir su propia experiencia, por lo tanto no ha de enfrentarse necesariamente a la dificultad que supone la limitación del lenguaje.

En cambio el Profeta ha de traducir a un lenguaje vulgar algunos aspectos de su experiencia, lo que implica hacer legible lo evidente para todos, con un lenguaje sencillo, y lo oculto para quienes puedan desvelarlo en un lenguaje críptico o alegórico. Los silencios, entre líneas, también forman parte de este lenguaje, y no sólo los grafismos. Es evidente que este esfuerzo conlleva una alta dosis de dificultad, por lo que el Profeta se siente asistido desde “Aquello” que le trasciende.

Por estas razones todos los textos que conocemos como vehículos de La Revelación, el Corán en este caso, son textos revelados en un lenguaje que oculta, o revela según ante quien, más de un solo contenido. Así pues, una exégesis literalista del texto considerado revelación, no sólo es limitada o inexacta, sino que además puede conducir a interpretaciones disparatadas.

El exegeta Imám Yafar Sadiq, fallecido en el año 756 en Medina fue, como sucesor en el imanato de su padre Muhammad al-Baqir, el sexto de los doce primeros Imanes. En su estudio del Corán dice que el texto fue revelado en un lenguaje polivalente: lo literal (´ibâra), lo simbólico (isâra), lo sutil (latâ´if), y lo real o esencial (haqâ´iq).

Los grafismos de cualquier texto sagrado son siempre los mismos, pero la percepción del contenido varía tras la lectura, en dependencia del nivel evolutivo en la capacidad de percepción de cada conciencia.

El propio Corán, en 3:7, ya nos advierte sobre los diferentes niveles de percepción, diciéndonos que, en su contenido, hay versículos que son literales y otros que son simbólicos.

El común de las personas, al leer, sólo perciben la literalidad, ´ibâra, y nadie les pedirá más, ya que si esa es su limitación, su “vasija” se sentirá llena y satisfecha. La gran mayoría de estas personas utilizan la religión como un placebo, como un refugio, o como una respuesta, sembrada de mitos, que satisfaga sus temores sobre “el más allá”. Esta posición no es ni deseable ni criticable, cada persona es todo un universo, y nadie está autorizado a intervenir en la vida espiritual de otro.
También es cierto que son estas personas la cantera más propicia para extraer de ella los fanatismos más furibundos, las posiciones más intolerantes, o las guerras mal llamadas de religión, ya que la religión jamás puede suscitar violencia alguna.
Dan un paso hacia delante quienes perciben lo simbólico, isâra, de manera que estas personas tendrán capacidad para relativizar cuanto leen, someterlo al juicio de su propia conciencia, y determinar por sí mismos y en contraste de criterios, su forma de confesión. Dice el proverbio de Muhammad: “La diferencia de criterios entre los sabios de mi pueblo es una bendición de Dios”.

Estas personas, capaces de diferenciar entre símbolo y literalidad, habrán adquirido la posibilidad de vivir su espiritualidad adaptada a su tiempo y lugar, con apertura de mente, tolerancia hacia otras alternativas, y exentos de toda beligerancia. Habrán captado la relatividad del concepto sujeto al lenguaje que es, con frecuencia, insuficiente al manifestar la experiencia mística, tal como venimos diciendo, pues… ¿qué otra consideración tendría la experiencia Profética, sino es la consideración de mística?.

Más allá se encuentran aquellos, no muchos, capaces de percibir lo sutil, latâ´if. Es un nivel de percepción propio de quienes han cruzado la línea que “separa”, de una parte la vida cotidiana, y de otra los estados espirituales propios de la Intimidad Divina, los “awliya”.

Estas personas, por su elevación espiritual, ya no están sujetas a ninguna estructura litúrgica, a ningún concepto inamovible o a ningún lenguaje religioso. Aunque si llega el caso, e impelidos por la necesidad de hacerse entender, lo utilicen. Se han liberado de las ataduras de las formas pues, si bien han evolucionado desde alguna de ellas, ahora habitan la “Casa de la Sabiduría”, “al Bait al Hikma”, donde todas las posibilidades tienen cabida, ya que: “Existen muchas vías de ascenso hacia Dios”. Corán 70:3. “A cada uno de vosotros le Hemos asignado una ley y un modo de vida distintos”. Corán 5:48

Como decía Ibn al Árabi: “Mi corazón es prado para las gacelas, convento para el monje cristiano, la Kaaba del peregrino, el libro de la Torah, un templo para el idólatra…”
Por último, el descubrimiento de las Esencias entre líneas de texto, “haqâ´iq”, es un nivel de percepción propio del místico, cuando ha sido asociado a la experiencia profética en cualquiera de sus formas.

Cada nivel de percepción se corresponde con un estado del espíritu, y todo cuanto se supone haber entendido en un estado anterior es, aunque necesario en ese estado, abolido por insuficiente al trasponer el dintel del estado siguiente. Así hasta la desaparición de todo concepto y de toda imagen.

De aquí que el ´arif, como gnóstico, pueda participar de todos los niveles, y moverse entre uno y otro según mejor convenga a la función de servicio que realice, pues vive en la experiencia de que: “todo es Uno, Uno es todo”.

Este movimiento, o especie de metamorfosis en la pluralidad, propio del “malamati”, o del que encubre su estado, tiene dos propósitos. El primero es el propósito propio del servidor, de quien ha de adaptarse a cada persona y a cada circunstancia en el tiempo y en el lugar, como mejor forma de hacerse comprender. El segundo propósito es el de ocultar su verdadero estado, con el fin de no despertar el recelo de quienes precipitan el juicio sobre las apariencias, ya sean los conformistas, los fanáticos, los beligerantes, y ese largo etc. Pero nada de esto le es posible al gnóstico sin haber alcanzado antes la Unicidad.

Ya dijimos que quienes todavía no han alcanzado el conocimiento de Sí interpretan “Haqiqa”, La Realidad Esencial, de forma fragmentaria. Conocen Su existencia, pero no viven Su experiencia, por lo que estarán limitados a una interpretación literalista, ´ibâra, de los textos de la Revelación.
Si tales personas son gentes sencillas, satisfechas en sus necesidades espirituales y respetuosas con otras formas de pensamiento, nada más hay que pedirles, ya que en su práctica y por su “adab”, su cortesía, estarán justificadas. “Pues Dios no exige a nadie más de lo que le ha dado” Corán 65:7

El problema radica entre aquellos que, por ser portadores de un amplio bagaje de erudición literaria, suponen que han traspasado la frontera entre uno y otro nivel de entendimiento. Esgrimiendo sus conocimientos de biblioteca se permiten corregir, menospreciar, e incluso agredir, ya sea de palabra o incluso a veces de hecho. Es entre estas personas donde crece la semilla de la intolerancia, del fanatismo más furibundo o de las posiciones beligerantes.

Es el momento de recordar las palabras de Jesús de Nazaret: “Todas estas cosas se las revelé a los “ignorantes” y se las oculté a los eruditos”.
O las palabras de Muhammad: “Buscad la sabiduría, aunque para ello tengáis que recorrer todos los caminos de la tierra”.
Por todas estas razones insisto con frecuencia en la meditación de esta frase de la Tradición, adoptada como nuestro dzikr: “Maan a´arafa nafsa-hu, a´arafa rabba-hu”, Quien se conoce a sí mismo conoce a su Señor. Y quien conoce a su Señor conoce el rico, prudente, y sabio lenguaje del místico silencio.


                                                                                                      Hayy S. Sa´id b. Aÿiba, abdú Rabihi