Hay un momento en todo proceso espiritual en el que el aspirante siente necesidad de más. Si el guía no es el adecuado le impondrá más ejercicios, si el aspirante no tiene guía se impondrá nuevos ejercicios a sí mismo de manera aleatoria. Y si el aspirante se hizo adicto a las emociones derivadas de los ejercicios, buscará la manera de repetir tales experiencias con nuevas alternativas añadiéndose más cargas.

Esto lo hará con el propósito de recuperar los sabores perdidos, en cuyo caso será sumamente dificultoso hacerle entender la necesidad de vaciarse. Pues, ¿qué se le puede dar a quien supone que su crecimiento espiritual
depende de su esfuerzo por lo que hace y no de la intervención Divina tras el sabio “abandono”?.

Dice el Corán en 53:39: “No contará para el ser humano sino aquello por lo que se esfuerza”. Pero también ha de considerar el ser humano que el Corán nos obliga a usar del discernimiento, y que no todo se logra a base de
esfuerzo personal, sino que hay un tiempo y un espacio que hemos de dejar a la intervención Divina.

Para reforzar estos comentarios hemos hecho uso de algunas aleyas del Corán, “El Tesoro oculto”, pero somos conscientes de que todo cuanto desde nuestra perspectiva pudiéramos interpretar, no es la única posibilidad. En cada aleya se guarda todo un caudal de sabiduría aplicable a diversos momentos y circunstancias. También a estas.

Las religiones, ¡todas!, que en sus inicios fueron sencillas indicaciones de acercamiento a La Dimensión Creadora, y en cuyo Punto todas coinciden, han sido las causantes del efecto fanatismo, de la adicción al rito y de la confusión de objetivos entre sus fieles. Todas exhiben “la verdad”, ninguna se equivoca en nada, todas ellas se consolidan sobre certeros argumentos revelados, todas están defendidas por sesudos eruditos, paladines a ultranza de cada certeza, expertos en leyes y teologías.

Decía en anteriores ocasiones que los eruditos construyeron el Titánic, y los aficionados el Arca de Noé. El viajero del espíritu, que honradamente busca un remanso de paz y coherencia para su espíritu, se encontrará con la certeza fanática de los religiosos beligerantes, certeza esta que, más que consolidar la fe que busca, llenará su corazón de temor y prevenciones. Pudiera ser que la certeza selectiva y beligerante de tales religiosos les haya conducido a olvidar lo que el Corán les ordena; “No te incumbe a ti hacer que sigan el camino recto, sino que Dios guía a quien quiere (ser guiado)”. Corán 2:272

A pesar de estas serias dificultades el ser humano, por su naturaleza, está llamado a buscar, a observar, a discernir, y después a elegir en conciencia “Aquello”, o la parte de “Aquello”, que puede aceptar después de haber
entendido, ¡nunca antes!. Pues nuestra capacidad de certeza objetiva, en cuanto a la Revelación se refiere, es limitada y se encuentra más cercana de la creencia sujetiva que de la evidencia indudable.

Finalmente es una cuestión de elección razonada más que de certeza absoluta. Quizás por esta causa, entre otras, el Corán enseñe que el ser humano no sabe bien lo que pide, aún cuando suponga que lo que pide es bueno.

Por estas, y otras razones, el intento de ayudar a quien dice que quiere caminar por las rutas del espíritu es, quizás, una de las labores pedagógicas más comprometidas y dificultosas.

La mayoría de las personas que acuden a un guía espiritual para pedirle asistencia, no saben realmente lo que están pidiendo. Las concepciones previas, los “ídolos” creados, las falsas expectativas, aquello que se supone haber alcanzado en “virtud” y “conocimientos”, así como la frecuente adicción a las emociones, forman parte de las múltiples defensas y disfraces del ego. Estos son, sin duda alguna, los peores escollos con los que se han de tropezar el supuesto discípulo y el probable maestro, cuando este quiera mostrarle la presencia de la dualidad en todas sus creencias y supuestos.

La previa erudición del discípulo, tan encomiable durante un periodo inicial, puede convertirse en la herramienta de sus justificaciones. Todo cuanto no concuerde con “lo que sabe”, será un arma arrojadiza contra el guía, una razón justificada para defenderse y hacer valer sus propios criterios de libro. Y las experiencias emocionales derivadas de sus prácticas supondrá que són la mejor garantía de su certeza. Conocedoras de esta circunstancia las Antiguas Tradiciones nos aleccionan de la siguiente manera: “Si traes tu cesto lleno ¿qué podríamos meter en él?”

Los verdaderos Maestros, así como los verdaderos discípulos, existen y no son pocos, pero se mantienen en una cierta discreción, se mantienen en “disimulo” y, por lo tanto, parecen no existir, o cuando se les conoce no se corresponden con lo esperado. Esta particularidad hace que no sea fácil su identificación, pues es frecuente que su comportamiento no concuerde con las imágenes preconcebidas de la literatura.

Una gran parte de los actuales maestros populares, herederos dinásticos de antiguas familias de nobles linajes espirituales, poseedores de antiguos documentos y nutridas bibliotecas, son muy buenos teóricos de erudita memoria y aspecto venerable.

No pondremos en duda el valor de su actividad, ni cuestionaremos su espiritualidad, pues este terreno es privativo de La Divinidad. Simplemente hemos observado que, al estar necesitados de muchos discípulos que confirmen su posición social, no se atreven a emprender la dolorosa y complicada labor de cirugía sobre el ego, o no saben cómo afrontarla. Si tuvieran capacidad para intentarlo, o si teniéndola lo hicieran, el número de discípulos se vería reducido a un exiguo número.

Quizás al ser tan sólo herederos dinásticos hallan heredado erudición y perdido lo esencial, o quizás no, pero muchos de ellos se limitan a transmitir fórmulas y ejercicios que en su día tuvieron -o en el adecuado contexto aún tienen- validez indudable. Este no es más que un comentario cuyo propósito es el de mostrar los dos aspectos en confrontación de la realidad humana. No hay santo que no conlleve en sí mismo la otra cara de la moneda, su contradicción, o su “pecado”. Jesús de Nazaret* decía que incluso el santo peca varias veces al día.

Erudición y Sabiduría, no son sinónimos, como la realidad y la imagen tampoco lo son, como no lo son la apariencia ni la esencia que se oculta bajo el disfraz de la vulgaridad, con la que tantos aspirantes confunden al guía y pierden el rumbo. Entre los “discípulos” que se inician en las rutas espirituales suele haber cierta avidez de acción. ¿Qué debo de hacer ahora?. ¿Con qué prácticas debo de cumplir?. Los libros que he leído dicen…, las opiniones de fulán dicen… Pretenderá encajar su abundante equipaje en el proceso de desprendimiento, acción esta que se le convertirá en un imposible. Por lo tanto fracasará en el intento con la subsecuente frustración.

Si el discípulo es verdadero aceptará el desprendimiento después de aprovechar la fórmula, el ejercicio, o la liturgia pasada que, en nuestra opinión, han de ser sencillos y administrados con prudencia, tanto en cantidad como en tiempo. Si los ejercicios se perpetúan innecesariamente en el tiempo inducirán al discípulo a creer que su evolución dependerá de su esfuerzo y de la magnitud de sus actos.

De ser así se habrá olvidado de lo esencial. Esto es: “En toda evolución espiritual, contando con la docilidad del individuo y la sabia administración de algunos ejercicios, se debe de considerar ¡sobre todo!, que es a La Divinidad a quien hay que dejar espacio y silencio para Su intervención”.

Como ya dije, cuando nuestro activismo ocupa la mayoría del espacio y del tiempo no dejamos sitio para Dios. Pues ninguna criatura puede amar a Dios, si no es con el amor con el que las criaturas se aman entre sí. Esta forma de amor, sujeta a los conceptos y emociones del ego, es válida en los principiantes, y en ella quedan estancados la mayoría de ellos satisfaciéndose en sus estados emocionales. Es el periodo de la ascesis. Pero si queremos ir más lejos, hacia experiencia mística, hemos de considerar que el verdadero amor de Dios nace de Él hacia Él. Que nadie
puede llegar hasta La Divinidad si no es por medio de Ella, en Ella, y con Ella, después de haber renunciado al gusto por el sí mismo dominando las asechanzas del ego.

El hijo de moriscos hispanos, Juan de Yepes, decía; “Para ir del todo Al Todo, has de dejar del todo a todo, pues quien no deja del todo a todo, no tiene en Dios su tesoro”.

Para que esto suceda hay que dejar ese espacio en el que La Divinidad Se ame a Sí misma en la criatura y a su través, pues sólo Al Lah puede amarse sin velos que le oculten.

Los ejercicios tienen inicialmente una función de indudable valor, por esta razón se han practicado durante siglos en el adecuado contexto, durante el tiempo preciso y entre las personas idóneas. Los ejercicios deben de ser adaptados al tiempo y a la cultura a la que se dirigen, y como dice la tradición Muhammadí: “Hablando a cada pueblo en su propia lengua”. Pero al igual que las demás herramientas, los ejercicios piadosos se desechan cuando
la obra inicial está acabada, cuando “los cimientos” se han asentado sólidamente, y ¡nunca prematuramente!.

Cuando comienza el periodo de adicción a las emociones que producen los ejercicios, estos deben de ser controlados, y si es necesario negados definitivamente, o durante un tiempo hasta la liberación de tales adicciones.

La insistencia en demandar más prácticas que las que se nos dan, suele ser un signo de ansiedad producido por la insatisfacción espiritual, y este grado de insatisfacción espiritual es, a su vez, causado por la aparente ausencia de respuesta desde La Divinidad.

La ansiedad también se origina por “aquello” que se presupone sobre lo que la evolución espiritual deba de ser, creyendo el discípulo que sus prácticas le reportarán lo que sólo de Dios puede llegarle. En estos casos el Maestro debe de esperar a que la ansiedad en las demandas cese, hay que esperar a que el discípulo se relaje y deje su “equipaje” de libro, pues entonces los ejercicios suponen el riesgo de anclarle en el rito.

Los ejercicios son el producto de una antigua sabiduría, aplicada sobre unas personas en un tiempo y en una circunstancia. Pero tanto la herencia literaria, como la herencia técnica, deben de ser adecuados a cada persona, a cada cultura y a cada tiempo en su justa proporción. Pero no debe el discípulo de olvidar que todos los libros, y todos los ejercicios no son igualmente válidos para todas las personas en todos los tiempos ni en el mismo idioma.

La práctica de ejercicios sin más, que fueron (o que son) útiles para ciertas personas en según que contexto social y temporal, no han de cumplir, necesariamente, con el mismo propósito fuera de ese contexto. Repito nuevamente lo que dice la tradición Muhammadí: “Hablar a cada pueblo en su propia lengua”.

Repito, por su importancia, que es necesario vigilar atentamente el momento en el que los ejercicios comienzan a confundir al discípulo con el peligroso desarrollo de las emociones. Pues entre emociones más o menos intensas le
harán suponer que alcanzó el propósito de toda tradición espiritual, que es la unión entre Amante y Amado.

Este estado de anclaje en lo emocional es válido para la mayoría de las personas, les justifica y satisface su vida espiritual, y probablemente alcancen una gran virtud en ello si no buscan más que la ascesis, pero han limitado el vuelo del espíritu hacia la mística.

Esta es la estación que buscan la mayoría de los que se inician. Tocar el ego en estos casos, aún cuando sea a petición del propio individuo incentivado por la imagen que ha creado sobre sí mismo, supone un extraordinario esfuerzo nada deseable para el guía, y frecuentemente infructuoso para el discípulo.


Normalmente suelo advertir: “Cuidado con lo que pides, no sea que se te conceda, pues… ¿sabrás afrontar lo que veas y experimentes?”. A causa de la enorme dificultad que encierra, el guía espiritual no siempre emprende con todos los discípulos la dolorosa labor de cincelado del ego, pues sabe que difícilmente será eficaz.

Hay discípulos que lo piden fervientemente, con su gesto o con su palabra piden más ejercicios, más entrega, más altura espiritual. Mas cuando se les inicia en el proceso se opondrán como la leña empapada de agua, que chisporrotea, hace humo, se retuerce y al final se consume sin dar llama. En estos casos el supuesto discípulo responsabilizará de su fracaso al guía oponiéndole su “equipaje de conocimientos”. Y reforzará su criterio en la “vulgaridad” que el guía pretende mostrarle como signo de la dualidad imperante en todo cuanto es transitorio. En todo cuanto no sea La Divinidad.

Por esto, entre otras razones, dice el Corán en 17:1, que el ser humano pide con frecuencia lo que cree que es bueno, pero no sabe lo que pide. Y como dije, aquí enseñamos que hay que ser cuidadosos con lo que pedimos, pues puede ser que se nos conceda.

Otros discípulos, temerosos de sí mismos, piden prudentemente y esperan pacientes sin más insistir. Estos serán como la madera verde, que al principio crepita y humea, pero después se deja atrapar por el fuego y ella misma alumbra y da calor.

Y por último estarán aquellos discípulos que no piden, esperan confiados la circunstancia propicia e imprevista, pues lo imprevisto es lo que suele ser eficaz al no haber predisposición previa. Guiados por el maestro y siguiendo los inesperados signos creadores, que como circunstancias aleatorias aparecen en el día a día, estos discípulos son como la leña seca. Son rápidamente dóciles a la cercanía del fuego y se hacen un todo con él.

Un discípulo de esta Tárika, cuyo anonimato guardamos, escribió esta reflexión desde su experiencia, durante su paseo por el bosque: “Estaba contemplando el río; observaba cómo las hojas de los árboles caían al agua y semejaban diminutos barcos que, conducidos por la corriente, iban hacia el mar. Observé que algunas de ellas eran atrapadas en los remolinos que formaban las rocas del fondo, e incapaces de librarse de la fuerza del remolino daban vueltas y vueltas sin ir a ninguna parte. Esta imagen fue para mí como una metáfora de lo que estaba siendo mi vida. Estaba en movimiento, pero como las hojas atrapadas en el remolino no iba a ninguna parte. ¿Qué había hecho durante mis últimos años de búsqueda?..., dar vueltas, pues me había faltado la entrega, no había sido dócil a la enseñanza y mis “giros” tan sólo me habían producido cansancio, aunque no progreso.

Yo sabía de todo, y sabía tantas cosas y tan acertadas que la posibilidad de vaciarme para escuchar con el corazón limpio se me había hecho un imposible.

Lo que me intentaban enseñar y lo que yo sabía eran cuestiones que no se encontraban en consonancia, y mis saberes se habían convertido en un muro que no dejaba pasar otras posibilidades. Este había sido el problema;
¡estaba lleno!, ¿qué más podría recibir?, ¡nada!.

Entonces tomé una decisión; tiré mi equipaje al río, me vacié de presupuestos y saberes, y por fin fui dócil. Comencé desde cero, mi mirada se hizo diferente con las indicaciones de mi Maestro. Sólo cuando me vacié pude llenarme, pues cambié las objeciones por la docilidad. Ahora todo es más simple, ante un observador externo mi vida parece la misma, pero es “otra”, pues a partir de aquél momento en el río se inició mi viaje hacia el “Mar”.

Que el más Misericordioso colme vuestros corazones de Su Paz.
                                                                                                                                                             

                                                                                                                                          Sidi Sa´îd b. Aÿiba
Tarika Shadilía de Murcia (Valle Ricote)
                                                                                                                     
20 de Julio 2006
En presencia del más Compasivo, el Sustentador.

“Dios interviene entre el ser humano y los deseos de su corazón”.
Corán 8:24


La labor de cualquier enseñante es una ardua labor que se desarrolla entre satisfacciones y frustración. Educar, del latín edúcere (salir de sí mismo) para ampliar horizontes, es una compleja labor sobre el ego, pero es aún más compleja cuando se trata de re-educar a un adulto que, a petición propia, desea “salir”, ir más allá.


El ego se halla tan firmemente consolidado que el porcentaje de éxito suele ser escaso aún, como decimos, cuando esto se intente a petición del propio individuo.


Este trabajo es una reflexión sobre las dificultades que se le presentan al aspirante en el “espacio” indefinido que hay entre la conveniencia de servirse de un método durante un tiempo inicial y el momento de dejarlo. La gran mayoría de los aspirantes del crecimiento espiritual, se aferran definitivamente al método, útil en los inicios, y al efecto placebo que produce satisfacciones emocionales, confundiendo tales satisfacciones con la realización espiritual.

Muchos de los maestros que existen en la actualidad lo son por su erudición,pero son tan sólo archivos de datos que no han dado el gran salto al vacío que produce la verdadera renuncia, la renuncia al sí mismo. Conocen el antiguo proverbio; “Quien no domina el ego no conocerá a su Señor”, pero al ser elegidos por su erudición, o por herencia dinástica, y no por indicación
de La Presencia, perdieron la memoria práctica del proceso aunque los datos
de ello se conserven en sus memorias y en sus nutridas bibliotecas.


Una vida de retiro, de sacrificios, de oración permanente, de ayunos y renuncia a los bienes, etc., puede ser un trampolín de ascenso en la evolución espiritual. Pero también puede convertirse en un saco de lastre sobre los hombros del aspirante, si es que tales prácticas se mantienen más tiempo del debido.

Todo tiene un momento y una medida, también los ejercicios espirituales. Nada es estable, nada permanece, y las prácticas piadosas tampoco, pues ha
de llegar un tiempo en el que entendamos que nada puede conducirnos a La Divinidad si no es La Divinidad misma.


Ese tiempo posterior, en el que los ejercicios iniciales deben de ser sustituidos por otra práctica, más cercana a la contemplación que al discurso,
<<< Anterior hutba
Siguiente Hutba >>>
Ir al Inicio >>>
más cercana del “abandono” que del esfuerzo, se halla muy bien tipificado en la experiencia de algunos de los más grandes místicos que nos ha dado la historia.

El murciano Muhyid-din ibn al-Árabi lo sentía de esta manera; “Yo te llamé, ¡Oh! Luz de mis ojos, y Tú no has respondido a mi llamada. Las flechas de mis súplicas se desviaron de su Blanco”.

Otro gigante del espíritu, S. Juan de la Cruz, decía; “No quieras enviarme de hoy ya más mensajero, que no saben decirme lo que quiero…”.