La muerte, al igual que la vida, es para el sufi una realidad cotidiana, una forma de conocer cómo Se realiza Allah en él y, por lo tanto, como se realiza él mismo en la existencia. El sufi ha de descubrir la muerte y la vida en todo lo que sucede, para comprender cómo tiene lugar el continuo renacimiento de todo, la creación perpetua.
Nos dice el Corán en 39:57-3:185 que el yo morirá, pero también nos dice que después del fanâ (la extinción) viene el baqâ (la permanencia), no la de los egos, sino la de nuestras acciones, pues lo único que cuenta ante Allah es cuanto hayamos hecho, ya que son nuestros actos los que hacen de nosotros “co-creadores”, esto significa que nuestras acciones son nuestra “dimensión divina” y, en alguna forma, “nuestra eternidad”.
“Cada átomo de bien que hagáis lo veréis”... nos dice el Corán. Esto significa que son nuestras acciones las que crean nuestro personal universo, y las que permanecen actuando en él. Nada permanece según su apariencia, tampoco nosotros. La muerte significa que como “realidades separadas” de La Causa Creadora dejamos un tiempo y una forma de existencia, pero nuestras acciones imprimieron carácter en nuestro entorno, ellas permanecen y en ellas hubimos de transformarnos en su momento, habiendo dejado nuestra impronta en la Rueda de la Existencia.
Nuestra idea actual de espíritu, de alma o de cuerpo “espiritualizado”, se establece culturalmente en nosotros como un refuerzo del nafs, provocando una ruptura o separación de La Mente Única; “yo y Tú”. No consideramos que múltiples persistencias individuales son incompatibles con la Única Existente; es la ley de la Unicidad Absoluta (Tawhid). 
Ya dijimos que el ego se resiste a la extinción, siente repulsión a una disolución en Allah, es decir, teme una “vida” futura que no contemple el seguir siendo, “ad aeternum”, un algo en el Todo, y no obstante nos alecciona el Corán; “nada ha sido creado vanamente”.
Nuestra vida se ha diseñado en el juego de las apariencias, “El Juego de Abalorios” del que escribiera Hermann Hesse. El ego juega su papel como el eterno embaucador, en tanto que la Conciencia ha de descubrir la ruptura obvia que se produce entre Creador y criatura, cuando esta última pretenda perpetuarse como ego individualizado. El Faná fi-Lah, o la extinción en Allah, nos propone esto mismo ya dicho por todos los místicos de todas las culturas: “El espacio que ocupas como criatura no puedes ocuparlo como el Creador. Vacíate de todo lo que no es para llenarte de todo lo que Es”. Hablo del puro Tawhid, de la Unicidad Absoluta y Única Existencia que es Allah.
De tal manera esto es así que bien podríamos decir lo siguiente; cuando el ser humano ejecuta una acción bien intencionada es Allah quien actúa como constructor, y la persona es quien recibe los resultados de su acción. Cuando el ser humano actúa negativamente es Allah quien actúa como destructor, y también es la persona quien recibe los resultados de su acción. Pues… ¿Algo se mueve sin el concurso Creador?
Somos algo así como la acción de Allah para que, de lo increado, surja la multiplicidad del ser entre fuerzas que entendemos como positivo y negativo, como construcción y destrucción, como vida y muerte, es decir…, como la dinámica de los opuestos que, también,  se ejecuta a través nuestro. Somos un vehículo sometido a la dinámica del cambio permanente y con capacidad de actuar. Somos algo brotado de Allah, por lo tanto; después de nuestro paso por el mundo de las formas, después de nuestra coparticipación creadora, Allah es lo único que queda de nosotros, ya que es Él quien posibilita la acción en nosotros con capacidad para modificar el universo inmediato. Somos uno de los medios que Allah utiliza para la realización de Su Creación.
Allah es la Mente Cósmica, es el Constructor y el Destructor, desde Su Trascendencia y en Su Inmanencia. En Su Trascendencia lo es como la ley que rige la multiplicidad de los universos. En Su Inmanencia son tus acciones las que participan del don que construye o destruye, a través de ti mismo, sobre ti mismo y sobre el entorno. Eres lo que haces sobre ti y construyes hacia tu entorno según lo que eres. Esto es posible gracias al concurso de la mente consciente de que has sido dotado y, por lo tanto, es en tu don de creación manifiesto en tus acciones donde reside tu divinidad y tu eternidad, a semejanza del Creador. De aquí la importancia capital que tiene la modificación de nuestras conductas.
La educación clásica nos indujo para que aceptáramos la idea del alma como una especie de “ego” espiritual que, mejorado en el paraíso, no deja de ser la criatura que fue, con sus afectos, su familia, sus recuerdos y, ¡sobre todo!, con las ganancias espirituales adquiridas durante la vida. Esta fórmula equivale a haber establecido, previamente, un contrato con Dios según propugnan las religiones; “yo cumplo con el rito establecido y Dios, en compensación, perpetúa mi identidad egoica y me cubre con los placeres propios del ego que, en esta vida, me estuvieron  prohibidos ó me fueron inaccesibles”.
Este planteamiento induce a suponer que la práctica de "lo religioso" se limita a los momentos determinados por el ritual, cuando en realidad la dimensión “espiritual” no tiene un momento aislado de los demás momentos del día. Bien meditado hemos de entender que todos nuestros actos y pensamientos son religión (o reunificación), que nada en nosotros se halla aislado de La Divinidad, que todo gesto cuenta y que nuestra consciencia de “Lo que Somos” debe ser permanente, inagotable. Así entenderemos que comer o beber, bailar o dormir, trabajar o contemplar no son gestos menos sagrados que la oración. La experiencia de Dios, de lo que somos, no puede quedar relegada a determinados momentos litúrgicos del día, es una experiencia visceral de la que no podrás prescindir a menos que te olvides de ti mismo. Formamos parte del continuo emerger de la existencia y en ella llamamos muerte a la transformación. Cada acto que realizamos o del que nos abstenemos, son causas que crean efectos que escapan a nuestro entendimiento, ya que carecemos del Conocimiento capaz de contener todos los posibles consecuentes, y por ello somos advertidos para que estemos en guardia en Corán 31:34: «Ningún ego sabe en qué tierra morirá». Que el más Compasivo nos proteja del mal de la ignorancia”.

                          Ramadán del 10 de julio de 2013    Hayy Sidi Saíd al Andalusí, abdú Rabihi
Tarika Shadilía de Murcia (Valle Ricote)
                                                                                                                     
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             EN PRESENCIA DEL MAS COMPASIVO, EL MISERICORDIOSO

                                           SOBRE LA VIDA Y LA MUERTE

En presencia del más Compasivo, el más Misericordioso que Él bendiga y otorgue Su Paz a Muhammad, a sus familiares e íntimos, así como a toda la humanidad.
Hemos tratado en otras ocasiones sobre los conceptos de rûh y nafs, sobre muerte y vida, sobre inmanencia y trascendencia. En ocasiones hemos tratado del misterio que se oculta después de la extinción del cuerpo orgánico; es el gran misterio al que nos responden los textos de La Revelación, considerando la capacidad de entendimiento de los pueblos a los que se dirige, según su contexto espacio temporal.
Como digo, la lectura de dichos testos nos enseña a través de respuestas dadas según el momento evolutivo de cada sociedad. Siendo la evolución lo que determina la capacidad de entendimiento de los pueblos, a los que La Revelación va dirigida, hemos de aceptar sin temor que, determinadas expresiones o formas literarias, se corresponden más con la necesidad de hacerse comprensibles en su momento que con la realidad literal.
Así podemos afrontar en la actualidad, con mejores recursos y mayor capacidad de entendimiento, una labor de exégesis que, lejos de contradecir los textos revelados, los actualicen adaptados a la capacidad de entendimiento de nuestra época.
Sabemos que el Universo no es un todo acabado, todo se halla en continua renovación, en continua recreación, en un juego permanente entre destrucción-construcción, lo que nosotros entendemos como el juego entre la vida y la muerte. Dos opuestos de Una Única Realidad, Allah, de cuya interacción todo se posibilita.
Allah recrea el mundo a cada instante, con cada respiración morimos y resucitamos, nuestro cuerpo orgánico se alza a cada instante sobre la muerte, está muriendo y recreándose en un perpetuo retorno. Aquí y ahora, cada uno de nosotros, puede experimentar la muerte y la resurrección si observamos la realidad de nuestra naturaleza, inquieta, en permanente transformación. El que eras hace diez años ya murió, cada día un poco, para ser sustituido por el que eres hoy, pero no mañana. Eres hoy lo que has podido conservar de recuerdos y restos del pasado; mueres y resucitas en cada instante por Dinámica Creadora. Así hasta que el total se colapse incapaz de regenerarse nuevamente.
El sufi busca ser consciente de su continua muerte y resurrección, es decir; de su permanencia y participación en el movimiento creador en el que se haya inmerso. Esta Dinámica Creadora es la forma de expresión de La Sustancia Divina de la que todo está formado y, por lo tanto, todo está sujeto al continuo devenir en Allah. La simple deducción nos dice que todo cuanto está en Él es parte de Él, ya que nada más que Él es el Existente.
Para alcanzar esta consciencia, de perpetuidad en el movimiento, se entrena el discípulo en el recuerdo mediante la práctica de los ejercicios contenidos en las ´Ibadat, en la Tradición y en el consejo del Sheyh.