Mediante el pre-juicio conceptual el grupo mayoritario se permite valorar, juzgar e incluso condenar a aquellos otros miembros de comunidades, locales o extranjeras, que no se adapten públicamente a los valores propugnados por la fuerza de la mayoría, ya sea el poder religioso o político. Así nacen las clasificaciones sociales, religiosas, raciales, de belleza, de comportamiento o de género.
Esta conducta social, fundamentada sobre ideas impuestas a tenor de lo conveniente, ha sido históricamente la causante del “linchamiento”, en sus múltiples formas, sobre algunas minorías. Para evitarlo, la probable víctima, o el diferente, se crea la necesidad de mentir, de disimular el propio aspecto o de ocultar un pensamiento, inducido por el temor a ser descubierto como “distinto”. Todo ello es, a su vez, una de las más importantes causas de los trastornos comportamentales, pues los deseos ocultos no satisfechos, los pensamientos reprimidos, las contradicciones forzosamente aceptadas son, junto al deseo compulsivo, causa del sufrimiento traumático.
Así tenemos que, frecuentemente, las personas se ven en la necesidad de dividirse en tres; silencian su pensamiento, dicen lo contrario de lo que piensan y actúan a la inversa de lo que piensan o dicen. 
Los conceptos, cuando son aceptados como verdades inamovibles se hacen deseables, de hecho son la causa que exacerba los “nobles” deseos de la persona. El común deseo de felicidad, por ejemplo, suele tener su fundamento sobre conceptos que, básicamente analizados, son fraudulentos. Por ejemplo; si tengo más dinero, si soy más guapo según el modelo establecido de belleza, si visto de tal manera o si tengo tales cosas, si me comporto o hablo como la gente espera de mí, etc., ¡seré más aceptado! Por lo que indudablemente seré más feliz.  Así se publicita y así se nos hace creer.
En esta reflexión no pretendo decir que hemos de aniquilar los conceptos, ya que esto nos dejaría impotentes frente a la vida. Dejo claro que el uso de los conceptos es de absoluta utilidad para la convivencia y el desarrollo de las diversas sociedades.
Admito, sin duda, que cada sociedad necesita de sus propios conceptos, los que no necesariamente han de coincidir con la concepción que puedan tener otras sociedades al respecto de lo que fuere en cualquier tiempo y lugar. Y todos ellos, aún con sus evidentes diferencias, son válidas verdades para cada creyente, pero... ¡siempre serán “verdades” transitorias! Esto es lo que el sabio tiene en cuenta cuando ha de valorar u opinar sobre algo.
La confusión se establece cuando tales hipotéticas “verdades” adquieren fuerza absoluta y permanente en las conductas ya que, de esta forma, se bloquea el crecimiento de los individuos. Los conceptos intocables impiden ser cuestionados, sin considerar que la evolución personal o colectiva modifica al individuo, y por lo tanto modifica, ¡inevitablemente!, su percepción de la realidad. En consecuencia; el nuevo concepto invalida criterios anteriores, pero en ocasiones nos enseña la prudencia que ha de ser convenientemente silenciado.
La pretensión es razonar sobre el hecho de que los conceptos cualesquiera que fueren, incluido el concepto sobre Dios, son de indudable utilidad. Pero dado que el ser humano es de naturaleza condicionada sus criterios también son relativos a su condición, ¡necesariamente!, por lo tanto han de ser revisados a tenor del proceso evolutivo en cada persona o grupo.
El concepto que sobre Dios tiene un místico dista considerablemente del concepto que pueda tener sobre lo mismo un simple practicante ritualista de la religión. Por no hablar del mismo concepto sobre lo divino en las diversas religiones, ¡todas verdaderas!
Si el individuo acepta los conceptos aprendidos durante su educación, como verdades inamovibles, se verá lastrado por ellos en el transcurso de su evolución. No podrá avanzar porque sus criterios le opondrán barreras infranqueables, ya sea emocionales, morales, filosóficas o de cualquier otra índole.
Sólo relativizando los criterios y usándolos inteligentemente como herramientas, ¡tan sólo como herramientas! y no como dogmas intocables, nuestras ideas pre-concebidas serán de utilidad en la convivencia social, pero no serán losas de piedra sobre los hombros del caminante.
La supresión de los conceptos, como valores inamovibles, equivale a la supresión del pre-juicio. Nos hace tolerantes y ricos en posibilidades, nos abre a ilimitadas formas y nos libera de la castración mental.
El ser humano puede librarse de la esclavitud al concepto y, como consecuencia, se puede ver libre del miedo o de los sentimientos de culpabilidad a los que  ha sido inducido y condicionado como un medio de control.
Si extirpamos de nosotros la intolerancia hacia lo diferente también nos habremos liberado del juicio destructivo, ya sea sobre nosotros mismos o sobre otras personas, y es probable que, por esta causa, también nos deshagamos del temor y de la culpabilidad.
“Si no os hiciereis como niños no entraréis en el Reino de Dios”, decía Jesús de Nazaret (paz y bendición). En Islam decimos que todos los niños nacen en estado de Fitra, de inocencia original.
Así es cómo consideramos puros a los niños, porque están limpios de concepto, de prejuicio, no porque hacen o dejen de hacer lo que quiera que los adultos consideren bien o mal, sino porque lo que hagan lo hacen con inocencia. Si el adulto recuperase la inocencia del niño no abría pre-juicio ni “pecado” en sus actos.
Los niños son capaces de asumir como bueno y verdadero cuanto se les enseñe, aunque no les guste o contraríe su naturaleza. Así es como son enseñados y después corrompidos por el prejuicio del adulto, ya contaminado con las certezas que determinan la estabilidad emocional que fundamenta con base en sus creencias.
La pureza, por lo tanto, no es el resultado de los actos y creencias asumidas como “buenas”. Tampoco se contiene en la práctica o abstención de algunos actos. La pureza sobreviene a consecuencia del vaciamiento de toda creencia intocable, sin olvidarnos de la utilidad transitoria de cualquiera de ellas, como ya dije. Quien entiende esto es capaz de desprenderse de las cargas del pasado y dejar sin valor las fantasías sobre el incierto e hipotético futuro.
Si existen los conceptos inamovibles es porque el ser humano, en proceso de desarrollo, necesita de soportes en los que confiar. Es decir; reglas estables de comportamiento para sentirse seguro o para evadirse de probables responsabilidades; “la culpa no es mía, yo hice lo que me dijeron quienes saben más...”
Si aquellos a quienes concedes autoridad y credibilidad te enseñan que tal cuestión, social o religiosa, es de esta o aquella manera sólo tienes que creerlo y actuar en consecuencia, sin cuestionarlo. Así se forman nuestras personalidades, a base de conceptos convenientes pero ¡no válidos en toda circunstancia!. No has de cuestionar si tal enseñanza moral, política o religiosa es verdad en esencia, si es de utilidad transitoria o es una simple regla de comportamiento útil para la regulación social en un lugar y un tiempo concretos. 
Las normas generales de comportamiento, aunque necesarias como normas de regulación, son más válidas para la colectividad que para el individuo, ya que no se puede legislar pensando en el bien individual, sino en el bien colectivo. Así se crea un ente compuesto por individualidades diferenciadas en múltiples aspectos de su naturaleza, pero uniformadas por conceptos no siempre válidos para todos.
Esta forma de regir al grupo con los mismos conceptos para todos, es el mejor mecanismo que utiliza el sistema de poder para legitimizarse, ya que el poder se auto-refrenda por medio del mismo concepto que el propio poder crea.
De aquí la sapientísima enseñanza Muhammadí que, considerando el bien común, tiene en cuenta el valor de la privacidad, sin temor ni complejo; “Lo que Allah no ha desvelado de ti durante la noche no lo desveles tú durante el día”.
La sociedad en masa, a excepción de los contados  individuos “despiertos”, acepta tales reglas, conceptos o pre-juicios sin cuestionarlos. Es más, los propios individuos así aleccionados se convierten en los más fervientes defensores de la regla establecida por el poder dominante. Las bases sociales necesitan del concepto intocable para establecer los límites de su seguridad y, aún cuando sean conceptos impuestos por intereses espurios, llegan a ser defendidos denodadamente por los servidores en favor de los servidos.
Ciertamente, la norma establecida es necesaria para la convivencia de los grupos, pero con este pretexto razonable también se convierte en la mejor arma del poder para sojuzgar, mentir y conducir a las gentes como a rebaños sin criterio propio.
Como una tabla de salvación a la que aferrarse se nos enseña que el “concepto único” ha de ser aceptado pues, de no ser creído, nos abocaría al caos y la anarquía. Equipos de teólogos, sociólogos, moralistas, políticos, economistas, etc., así se esfuerzan en enseñarlo y así se cree y practica por el ciudadano creyente bajo amenaza de sanción.
Repito nuevamente que no pretendo que toda regla de comportamiento sea eliminada, sino la relativización de todas ellas, en dependencia del lugar, del tiempo y de la propia evolución.
En conclusión. Por su propia naturaleza el poder no renunciará a sí mismo, ni tendrá capacidad para gobernar y educar en la diversidad pues, de ser así, perdería toda o una gran parte de su fuerza.
Por lo tanto, es cometido de cada persona relativizar los conceptos, vivir según ellos en su relación con las diferentes sociedades y, en su intimidad, creer y actuar según su propio nivel evolutivo. 
Esta modificación del comportamiento, regida por la prudencia en su relación con los otros y con la sabiduría de quien se empieza a conocer, permitirá al individuo liberarse de la confusión, porque se liberará de las limitaciones creadas por las expectativas conceptuales. Pero también se verá libre del deseo compulsivo que nace del concepto y, por lo tanto, del sufrimiento.
Al modificar su percepción conceptual la persona se emancipa del dominio que se ejerció sobre ella sin haber considerado previamente su verdadera naturaleza, y al mismo tiempo será capaz de relacionarse sin íntimas contradicciones con el mundo.
Hemos de tener en cuenta que tanto los conceptos, como la confusión creada por ellos, son formas de pensamiento incentivados por los servidores del sistema educativo, ya sean los profesores, los sacerdotes, la prensa, la gente de la calle, etc.  Todo ello son los materiales con los que se construye el ego cerebral y especulativo, son su sustentación y se nos ha condicionado para conceder a tal enseñanza el estatus de certeza incuestionable.
No hay posibilidad alguna de dominar el ego y, por lo tanto, no hay posibilidad de alcanzar la “extinción” o “Faná fi Lah”, sin extinguir la supeditación al concepto causante de la confusión y del deseo, que son la estructura que sustenta el edificio egoico.
Un ejemplo: Generalmente aceptamos que los ciegos de nacimiento viven en la oscuridad, decimos que todo lo “ven oscuro”. Esto es incorrecto, pues no puede ver ni entender la oscuridad quien no conoció la luz. Por lo tanto los ciegos absolutos no ven, ¡simplemente!, pero no ven nada, ni claro ni oscuro, pues para “ver” lo oscuro hay que conocer antes lo luminoso. Los videntes tampoco podemos imaginar la experiencia del invidente, pero la valoramos desde nuestra inexperiencia y conceptos de luz-oscuridad.
En forma semejante; aquellos que están sojuzgados por el poder de los conceptos aprendidos no conocen su ignorancia, porque no conocen la Verdad Esencial que se esconde detrás de todo, incluido el concepto “Dios”. De aquí que algunos eruditos, cargados con más conceptos, apriorismos y certezas, sean frecuentemente tratados en las tradiciones espirituales como los verdaderos ignorantes. Pagados de sí mismos y cegados por sus criterios petrificados y no relativizados.
Por lo tanto; cualquier idea formulada al respecto de cualquier cosa es de utilidad transitoria en el diálogo con los otros, ya que se formula sobre conceptos anteriormente adquiridos en relación a cualquier circunstancia, ya sea de tiempo, de lugar o de conveniencia.
El cirujano puede ayudar al ciego que, aún cuando después de operado descubra la luz, deberá de aprender a ver y diferenciar con la ayuda del experto que corresponda.
De semejante manera el caminante de las rutas espirituales aprenderá a “VER”, superando su ignorancia, también con la ayuda del especialista adecuado. En este caso un senderista experimentado.
Así como el ciego operado, el senderista aprenderá a “Ver” con tiempo, con voluntad inquebrantable y docilidad a la enseñanza.
Es necesario estar advertido de que un experto senderista, o Maestro en las rutas del desarrollo integral, aprovechará las ataduras conceptuales del aspirante no verdadero para ocultarse de él, de manera que este último pueda pasar a su lado, o convivir con él, sin verlo o apenas percibirlo. Así el Maestro se hará invisible.
Pero también puede desvelarse, en parte o progresivamente, ante el discípulo bien dispuesto en la medida en la que este vaya liberándose de sus propios condicionamientos. En la medida en la que su mente, progresivamente vacía del pre-juicio se libere del temor, se libere de cualquier atadura, de cualquier confusión. Porque la ruptura de las cadenas conceptuales libera al individuo de sus deseos y de cualquier otra ignorante dependencia.
Repito que no me refiero a la aniquilación, sino a la relativización, ya que durante el corto periodo de nuestra vida necesitamos de los atributos del ego para aprender, pero siempre bajo el control de la Conciencia.
Nuestra naturaleza esencial está vinculada al total de la existencia, más allá de tiempo y localización. Esto sólo es perceptible para el caminante durante el desarrollo del Sendero y sólo vivenciable en su culminación. Es la experiencia de la Unicidad Absoluta o Tawhid.
Ya comenté que el ego construido y fortalecido por el discurso del medio en el que nos desenvolvemos, es semejante a un edificio de ladrillos.
No podemos quitar los ladrillos sin sustituirlos por otro material, pues de no ser así el edificio desaparecería. Así es el ser humano, modifica un concepto transitorio para sustituirlo por otro, quizás mejor o más acertado que el anterior, pero igualmente transitorio, así hasta alcanzar el estado de unicidad o iluminación. En este estado los conceptos son sustituidos por la plena docilidad, sin oposición alguna, a la Acción Creadora.
Cada concepto ha de ser considerado de utilidad transitoria, de lo contrario puede servir de engaño y confusión. Todo en el Universo es inestable, todo se modifica en razón de otro proyecto y el ser humano no puede ser menos, o diferente, que el resto de los proyectos la Creación.
Todo debe de progresar y el progreso, ya sea social o espiritual, significa cambio y readaptación de lo que ha de ser sustituido por otra experiencia de entendimiento primero que se ha de transformar en sabiduría después. Así “muere” la persona robotizada que va siendo modificada por la persona que, progresivamente, se hace deiforme, el “Insan al Kamil”. El gusano se transforma en mariposa.
El ser deiforme es aquél que ha comprendido primero y vivenciado después quién es realmente, y no quien parece ser.
Una vez entendida y vivenciada esta realidad incuestionable nace el verdadero amor, ya que es La Divinidad misma quien Se ama en su manifestación criatural, pues sólo El Creador puede conocer y amar, real y verdaderamente, al Creador.
Todos nacemos con atributos potenciales, no desarrollados pero susceptibles de desarrollo. Se nos dan atributos orgánicos e intelectuales, morales o espirituales que, en cada persona, adquieren propiedades particulares en dependencia del uso preferente que les demos. Según el nivel de desarrollo y propósito personal, estos atributos pueden ser enormemente constructivos o destructivos, para el individuo o para la colectividad.
En cuanto a los atributos que, para diferenciar, definimos como intelecto-espirituales o Conciencia, pueden ser desarrollados con método, apertura de mente, prudencia y, progresivamente, sabiduría.
Es un proceso al alcance de todos pero, al igual que cualquier otro aprendizaje, es muy aconsejable la compañía de un experto pues, su consejo, nos evitará esfuerzo y desorientación.
Es de tener en cuenta que el desarrollo pleno de la Conciencia no es del agrado de los poderes del Dunia ya que, el Dunia, es celoso guardián de los intereses del ego a gran escala, o escala social. En consecuencia; se ha de ser muy prudente y guardar el propio secreto, pues el Sabio no es comprendido fácilmente ni es manipulable y, por lo tanto, es molesto.
El ego colectivo y, fundamentalmente, el ego personal, se alzarán contra cualquier conato de Conocimiento Esencial, pues así como el Sabio es molesto para el Dunia también lo es para su propio ego. El ego, que sospecha el inicio de su relegación a un segundo plano o su extinción, en según que nivel de progreso, se opondrá con artimañas. Una de las más peligrosas es su capacidad acomodaticia que le es tan útil para la supervivencia.
Una vez que el ego está avisado de su sometimiento, inicia una maniobra de acercamiento a la Conciencia y parecerá acomodarse a ella. Imitará picarescamente los atributos de la Conciencia y, con una mala imitación, aparecerá humilde, devoto o exageradamente religioso en un alarde de convicción y dogmatismo. Así nace el intolerante.
Este momento es sumamente peligroso, pues si el alumno no tiene a su lado a un experto en las vías del espíritu, “no en templos y rituales”, se robotizará de pseudo-espiritualidad y virtud descollando, con frecuencia, en el fanatismo.
Por último resaltar esto; entre todos los conceptos que a diario manejamos quizás sea el concepto de “YO”, el más fútil y confuso de todos. Ya que decir yo, el yo necesario en nuestra relación social, es una inexactitud para el Sabio.
Esta inexactitud necesaria formaliza y pretende dar sustancia a “un alguien” cuya sustentación esencial no depende de sí mismo como criatura, sino del Poder Creador como Única Realidad y YO Verdadero. Los que ya me habéis leído en otras ocasiones sabréis a qué me refiero.
En estos días pasados, que hemos celebrado el nacimiento de Jesús de Nazaret y posteriormente celebramos el nacimiento del Profeta Muhammad, que Dios esté satisfecho de ambos y  sobre ellos derrame Su Paz y Bendiciones, he querido tratar sobre este tema.
La razón es obvia, lo mejor de la enseñanza de nuestra Tradición Profética está contenido en la Unicidad Absoluta, que deducimos en esta hutba. Esto es; Reconocer que no hay más Realidad, que no hay más Ser Verdadero que El Principio Creador, Dios, Allah, etc. Y para este reconocimiento de Unicidad Absoluta el ser humano ha de adquirir la sutileza y profundidad de conocimiento como para entender que él, como algo independiente, no existe, sino en razón de la Causa Original. Este reconocimiento es el que nos conduce a plantearnos cuanto he expuesto hoy ante vosotros.

Que El Creador y Sustentador Único de toda existencia nos bendiga y aliente en la búsqueda de este Conocimiento.

H. S. Saíd al Andalusí, abdu Rabihi

                                                                                                                      Enero de 2013
Tarika Shadilía de Murcia (Valle Ricote)
                                                                                                                     
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             EN PRESENCIA DEL MAS COMPASIVO, EL MISERICORDIOSO

HUTBA DE LA FESTIVIDAD DEL NACIMIENTO DEL PROFETA

Los conceptos que, en general, se nos han enseñado y hemos admitido como verdaderos e incuestionables, pueden ser como el cerco que pone límites a nuestro desarrollo íntegro y, de ser así, son el origen del deseo causante del sufrimiento. Bien podemos decir que “concepto” equivale a “pre-juicio” o, lo que es lo mismo, a previa valoración de algo.  Frecuentemente sin conocimiento esencial de “ese algo”.
Los conceptos son las ideas de las que se nutre la “personalidad” adquirida, el yo soy físicamente tal persona y pienso de tal manera, es decir; el ego como conjunto de materia y pensamientos.
Cada concepto es como un ladrillo de utilidad circunstancial en el edificio que construye y da forma al ego. Pero la verdadera Sustancia que conforma la complejidad del ser humano no es el ladrillo-concepto que, ocasionalmente, le da forma personal. Cualquier concepto está sujeto a una época, a una cultura o a múltiples circunstancias ocasionales.
El ego forma parte de la diversidad humana, es necesario para la relación entre la persona y el mundo de la transitoriedad, pero está llamado a la extinción al igual que su mundo. Todo cuanto en la criatura es circunstancial carece de sustancia propia, todo es prestado para ser devuelto a su origen cuando le sea reclamado. Sólo la Luz, concebida como Esencia Creadora, es perdurable y el ser humano es partícipe de Esa Realidad Esencial y Creadora: Dios, Allah, etc.
Cuando el concepto es inamovible nos encierra en un edificio egoico que, a modo de prisión, retiene toda nuestra diversidad sin posibilidad de desarrollo. Cuanto más férreas y petrificadas sean nuestras “certezas” más difícil se nos hará la liberación de ellas y el crecimiento de la Conciencia sede nuestra Esencia. Así pues para que la Conciencia se desarrolle el concepto ha de ser transformado de verdad indiscutible a herramienta útil y, aún así, será durante un tiempo y siempre cuestionable. Será utilizado para nuestra convivencia social pero, en nuestro fuero interno, relativizado o no creído.
Cualquier concepto o pre-juicio sobre los opuestos; bueno-malo, moral-inmoral, verdadero-falso, feo-bonito, etc., son ideas adaptadas al tiempo y lugar de la cultura imperante. Son ideas fuerza acuñadas para la organización de sociedades complejas.
Si observamos una sociedad tribal, simple, constatamos que su necesidad de conceptuar es menor. Por el contrario, cuanto más compleja es la sociedad más necesidad tiene de acuñar y creer en nuevos conceptos que la sustenten.
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