EL YO VERDADERO

Hemos heredado de la Antigua Sabiduría que el Universo es mental, pero lo que no siempre razonamos es que nuestra mente es una manifestación en la materia de la Sustancia Creadora y lo que se opera en ella tiene cierta analogía con el dinamismo  creador del Universo.
Según sabemos todo el Universo evoluciona mediante un proceso similar al desarrollo  de nuestra mente neuroplástica, esto es; mediante el ensayo entre el acierto y el error aparentes. Este ensayo general, que llamamos experiencia, también afecta al ser humano individual y colectivamente como parte activa del Universo, es lo que entendemos como evolución de la especie.  
Es decir; sobre el recuerdo-experiencia de un proyecto anterior se desarrolla otro nuevo, de tal manera que en el nuevo ser se contienen los recuerdos de todos los ensayos anteriores. Ejemp: En el ser humano actual se contienen todos los pasos dados por la evolución,  desde el prehomínido hasta el presente. Este resultado no habría sido posible sin el concurso de todas nuestras experiencias, agradables o no, y de todos nuestros atributos, ya sean intelectivos, emocionales, espirituales y sociales, tanto colectivos como individuales.
Esto hace que el ser humano, por su consciencia y habilidad de modificación, sea un micro-universo que, a semejanza del Universo, evoluciona como individuo independiente y como colectividad, seleccionando, primando un recuerdo sobre otro recuerdo. Es lo que entendemos como la experiencia que nos facilita la capacidad para elegir, y no aprendemos a eligir provechosamente si nos encerramos en nuestra “cápsula”, si no interactuamos con el-lo otro, si no compartimos dando y recibiendo, errando y acertando, gozando y sufriendo, es decir; ¡aceptando riesgos!.
  
Así como nuestros pensamientos y emociones subsecuentes determinan la dirección de nuestro desarrollo como individuos, también como individuos intervenimos sobre la colectividad y, de ambas formas, influimos sobre la construcción de nuestro destino.
Este hecho, este “juego neuroplástico”, es el causante de los procesos que se dan en el ser humano quien, para su evolución, está condicionado a la cantidad e intensidad de su actividad mental con el concurso de sus emociones. No podemos separar de nuestro Ser Esencial nuestro cuerpo con sus emociones, sentimientos, percepciones y todo lo que le hacer ser el vehículo que es.
La simbiosis cuerpo-mente es indisoluble durante el breve e inestable periodo de vida orgánica, por lo que, para ser plena y equilibrada, ha de contar con la dimensión emocional correspondiente. El cuerpo percibe el ámbito de la materia vinculado a las emociones y la mente interpreta, selecciona, aprende y decide.
Ello implica, inevitablemente, el desarrollo y práctica de todos los atributos que se forman, o heredamos, desde La Sustancia Elemental o Mente Creadora. Esta es la condición que nos asemeja y hace partícipes del proceso de evolución del Universo.
Es la dinámica que posibilita lo que conocemos como ser humano en los aspectos de “espíritu” y “materia”, ambos constituyentes de nuestra naturaleza en la que se contiene Lo Uno y lo múltiple. Pues cada persona, en sí misma, es unicidad y multiplicidad, y como especie somos individuos o no divisibles y, al unísono, múltiples o colectivos a semejanza del Creador: “Observa en Él Lo Uno y lo múltiple”. Corán.

Los atributos del ser humano han de estar regidos por la consciencia, pero tanto en lo espiritual como en lo material hemos de mantener un ajustado equilibrio entre opuestos, de manera que sean complementarios entre sí y nunca adversarios. El ego ha de ser educado para el servicio y no para la rivalidad.
Esto significa que la renuncia, consciente o no, de cualquiera de los atributos constituyentes de nuestra naturaleza implique, ¡inexorablemente!, un deterioro sumamente lesivo en cuanto a la evolución se refiere. Tanto en lo individual como en la colectividad.
Nuevamente insisto; el logro del propósito existencial se adquiere corriendo riesgos, por medio de la puesta en escena de todo cuanto nos constituye como lo que somos; emociones, recuerdos, cambios, supuestos errores y aciertos, penas y alegrías. Es decir; los opuestos. Nada de todo ello, tanto en lo material como en lo espiritual, puede ser declinado, pues del conjunto depende el desarrollo equilibrado como causa del aprendizaje que se ejercita con todos nuestros recursos.
El conjunto de todas nuestras capacidades nos enfrentará con frecuencia a la contrariedad, al disgusto y a la avidez por el gozo. Pero así como el gozo equivale a la compensación necesaria, a “la palmadita en el hombro”, también hemos de tener en cuenta que sin contrariedad no puede haber progreso, de aquí que el Maestro contraríe en ocasiones la voluntad del ego en su discípulo, hasta que sea capaz de dominarlo sin sentirse contrariado. El discípulo ya se encarga de buscar el gozo con avidez.

Cuando La Causa Creadora Se nos hace manifiesta en Su Creación, lo hace a través de un lenguaje críptico que hemos de descifrar para que nos sea comprensible, de lo contrario sería estéril. Este lenguaje está implícito en todo aquello que nos mueve interna y externamente ya que: “Lo de Arriba es como lo de abajo y lo de dentro es como lo de fuera”.
Para comprender el lenguaje de La Causa Creadora, en la medida en la que esto nos es posible y, en consecuencia, para comprendernos a nosotros mismos, es imprescindible el ejercicio del total de cuanto nos hace ser lo que somos. Nosotros mismos somos nuestra herramienta. Así pues; quien pretenda encontrar a Dios, o quien proyecte sentirse “a salvo” o “cómodo”, renunciando a cualquiera de los aspectos de su humanidad, ya sea por cobardía, por pereza, por soberbia o por ignorancia, se equivoca lamentablemente.
La única renuncia que nos es permisible y deseable, y por la que nos esforzamos, es la renuncia al dominio del ego. Cualquier otra renuncia a “un algo” de nosotros mismos tiene como consecuencia el fracaso del propósito existencial.

Como Mente formamos parte sustancial del Creador y como cuerpo somos un vehículo de Su creación; el Universo. Somos Creador y Universo de principio a fin, aunque no siempre seamos conscientes de esta realidad.
Si le preguntáramos a un pez si vive en el agua, el pez no nos entendería si pudiera hacerlo, no entendería qué es el agua ya que no tendría un opuesto al que recurrir como comparación. A semejanza del pez; decir que somos Universo, que somos sustancia Creadora, sería más comprensible para nosotros si pudiéramos observarnos desde fuera del Universo.
Así como el Creador y Su Universo, de los que somos parte constituyente, se mantienen en un movimiento constante sin el que la existencia no sería posible, el ser humano también está sujeto inexorablemente al cambio permanente. Esto implica aceptar el riesgo y la alteración con sabiduría pues, en cualquier caso, son inevitables.
El cambio o evolución es consecuencia directa de la experiencia proveída por el aprendizaje. Este, a su vez, está condicionado a las emociones sensoriales y múltiples prácticas, a todo lo que experimentamos en nuestra naturaleza intelectiva-espiritual así como en lo material. Que sea en armónico equilibrio depende del esfuerzo por  hacernos dóciles a los Signos Creadores.  
Tanto el gusto como el disgusto, el dolor y el placer, el triunfo y el fracaso así como todos los opuestos en este proceso, tienen una función ineludible en la naturaleza humana. Quien pretenda prescindir de cualquiera de ambos, quien renuncie al riesgo, cimentará su propio y verdadero fracaso.

Somos criaturas dotadas de neuroplasticidad como consecuencia de la impermanencia de TODO lo existente. Cuando aceptamos el movimiento entre opuestos hemos aceptado la inestabilidad o impermanencia como condición evolutiva. Entonces estamos cercanos a lo que en nuestra Tradición llamamos el “faná fi´Lah” o la extinción de lo transitorio en La Divinidad como Única Permanencia, atributo de Lo Único Verdadero.
En consecuencia: El Dinamismo Creador como movimiento entre opuestos, incluido el ser humano, es el Lenguaje de la Creación que hemos de interpretar en la búsqueda del Sí Mismo o de La Verdad Esencial.
El óptimo aprovechamiento de TODO cuanto se nos ha dado, al ser llamados a la existencia, es cuanto determina nuestro proceso evolutivo. Para que esto suceda no hay más límite que nuestra voluntad ni más tiempo que el dedicado a lo que hacemos con ello. Por esto se nos dice que somos hijos e hijas del instante.

El ser humano es semejante al combinado entre agua, fuego y arcilla. De una parte el agua, así como el fuego, benefician o perjudican a todo sin otra consideración que la de su propia naturaleza, lo que depende del control que podamos ejercer sobre su poder a semejanza de lo que hacemos sobre el ego a partir de la conciencia. Así, en sus justas proporciones y sin prescindir de ninguno de sus componentes, la arcilla imparcial necesita del agua dúctil del aprendizaje para dar forma a la vasija y también necesita del fuego de la pasión para darle fortaleza, aún a riesgo de quebrarse.
La justa proporción entre lo neutro de la arcilla, la docilidad del agua y lo apasionado del fuego nos darán el mejor vehículo.
Pero lo que hace valiosa la vasija como vehículo es su hueco, equivalente al espíritu que puede ser ocupado con aquello, de bueno o de malo, que la persona elija al irse construyendo a sí misma.

Que el más Misericordioso, Sede de toda compasión, nos bendiga y ayude al entendimiento.
Tarika Shadilía de Murcia (Valle Ricote)
                                                                                                                     
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             EN PRESENCIA DEL MAS COMPASIVO, EL MISERICORDIOSO

Hayy Sidi Sa´îd, abdú Rabihi
                                  JUTBA DEL DÍA 20 DE ABRIL 2.012

En Presencia del más Compasivo, el más Misericordioso, Creador y sustentador de toda  
existencia, en cuya Presencia nos protegemos de la ignorancia y de la contradicción.

EL YO TRANSITORIO

Los recuerdos son un atributo de la conciencia, son la causa del aprendizaje y por  
mediación de ellos identificamos el “yo” primario que es reforzado por la imagen  
especular. Llamamos experiencia al recuerdo archivado entre opuestos, por ejemplo; el  
acierto y el error supuestos. No obstante, cualquier opuesto es relativo, ya sea  como  
emoción o como concepto.  
Cuando pensamos en nosotros mismos o decimos; “yo soy…”, lo que en realidad  
estamos haciendo es recurrir a lo aprendido, al archivo de la memoria y, así como lo  
aprendido, la memoria también es relativa.  
En cuanto a la relatividad de lo que aprendemos la memoria es selectiva, escoge y se  
adapta, no sólo al recuerdo cierto, sino también al recuerdo conveniente. Luego el “yo  
soy…” también es relativo al lugar en el que nos hemos desarrollado, al tiempo en el que  
esto ha sucedido y a las experiencias subsecuentes.
Por lo tanto: Así como la imagen del espejo, algunos de nuestros recuerdos se hallan en  
permanente modificación, aprendemos, innovamos y olvidamos. Y lo que recordamos,  
como experiencias que nos dan “personalidad”, no siempre se ajusta a la realidad  
histórica ya que, con frecuencia, la mente actúa sobre el recuerdo para seleccionar,  
modificar u olvidar las pasadas experiencias. Esto quiere decir que la mente ha de ser  
plástica y selectiva para poder ser adaptativa.
Nuestra capacidad de aprendizaje y modificación mental es considerable y se debe a la  
neuroplasticidad del cerebro, que es capaz de cambiar algunos registros a tenor de la  
voluntad o de la conveniencia, dependiendo del medio en el que nos desenvolvemos. Es  
un ejercicio que hacemos a veces conscientemente, según la voluntad selectiva, y en  
ocasiones el cerebro se adapta según su habilidad plástica sin percatarnos de ello.  
Esto significa que el proceso de experiencia-recuerdo actúa sobre el aprendizaje y el  
aprendizaje es el que determina la modificación y adaptación, lo que no siempre es  
consciente pero, aún así, forma parte ineludible de nuestro desarrollo.
Esto dicho cabe plantearse; si todo en mí es viable de transformación, entonces ¿qué es  
lo que de verdadero hay en mí? ¿qué es el YO estable? o ¿cómo llegar a él?

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