Tampoco Muhammad* pretendió fundar una nueva religión, sino recuperar aquella sencillez primigenia que ya predicaron, antes de él, otros Profetas e Iluminados. Muhammad*, por lo tanto, no se consideró a sí mismo fundador de una novedad, sino sucesor de una línea de Revelación. Y es histórico que los primeros “musulmanes”, tras la muerte del Profeta, mataron a muchos de sus discípulos directos, incluido su nieto, amén de otras vicisitudes que ya están publicadas para quienes estén interesados en saber más.
Muhammad transmitió su experiencia en su propia lengua, como es lógico, pero sin hacer del árabe una lengua semi-sagrada y de casi obligatoriedad para sus discípulos de otras áreas del mundo, como hoy pretenden tantos ulemas, haciendo del árabe la lengua del Paraíso. Quizás, por este sentido de la lógica, considerando la Revelación patrimonio de toda la humanidad, y todos los idiomas dignos, Muhammad* advirtiera: “Un árabe no es mejor que otro hombre”. Y también: “Hablad a cada pueblo en su propia lengua”. Sabemos documentalmente que grandes Maestros de la Tradición, que no eran árabes, enseñaron y cantaron poemas místicos (dikr Al-Lah), en su propia lengua vernácula, ¡no en árabe!. Así como que tradujeron del árabe y de otras lenguas, a la suya propia, y para sus discípulos, diversas obras religiosas.

Una de estas obras de Rumi, que escribió en su propia lengua persa, la hemos visto traducida al turco en Estambul. ¿Cómo es que ahora se arremete contra nosotros por negarnos a utilizar la lengua árabe en nuestra vida espiritual? ¿Cómo es que una parte de la humanidad ha llegado a establecer su sentido de la ortodoxia religiosa hasta el extremo de faltar al respeto, agredir, insultar, amenazar o llegar a matar por defender su privada y estrecha parcela de “verdad”?. ¿Cómo es que hay quienes se consideran a sí mismos “más auténticos…, en lo que sea”, y en cambio son incapaces de vivir su experiencia religiosa sin que les sea necesario agredir a aquellos con quienes no están de acuerdo?. Respuestas debe de haber muchas, y ciertamente que no daremos con todas, pero sí que hay un hecho que, por ser histórico y documentado, nos puede ilustrar al respecto. Salvo excepciones, que las hay, no es el “pueblo llano”, ignorante en los recovecos de teologías y certezas dogmáticas, el causante de tamaños disparates, no, sino los eruditos que los incitan, como creadores de las “líneas maestras” que no han de ser cuestionadas.
Estos son los responsables, inducidos en muchos de los casos por los intereses del poder dominante, que siempre vio en las religiones un medio óptimo de control de masas. ¿No fue por esta causa por la que Muhammad* prohibió las dinastías reales y las castas sacerdotales?. ¿Acaso no nos enseñó que entre Creador y criatura no debe de haber ningún intermediario?. ¿Cómo es que los hay todavía?. ¿Cómo es que todavía se alzan puños insultantes, autoritarios, o se lanzan diatribas para convertir nuestras diferencias en perversiones desviadas?. ¿Cómo es que alguien puede tener la osadía de querer conducirnos, por medio de la agresión y el desprestigio, hacia su percepción de… ¿qué?. ¿Tienen, quizás, la arrogancia de haber entendido la trayectoria de toda una vida en unos pocos encuentros esporádicos?, o han seleccionado un algo descontextualizado de un total.
Y por otra parte; ¿No podría suponerse que, por el conocimiento que tenemos de los caracteres, nos hayamos reservado lo que no nos ha parecido conveniente desvelar a todos cuantos nos llegan? ¿No confirmó el Profeta a cristianos y judíos como pueblos del Libro, y por lo tanto dignos de respeto? ¿Cómo es que ahora se nos inculpa por hacer uso del ejemplo de tan altos espíritus como los de Francisco de Asís, Juan de la Cruz, Teresa de Ávila, etc.? ¿Acaso lo bueno deja de serlo por provenir de otras culturas?.

Si el corazón de Ibn al Árabi también era refugio de idólatras (lo peor que se puede concebir en el Unitarismo), ¿no puede serlo nuestro corazón para todos cuantos buscan, de aquí o de allá, nos parezcan desviados o no?. ¿Acaso no está escrito; “No hagas menosprecio o burla de ninguna religión, pues en todas ellas se guarda un poso de verdad que mueve la fe del creyente”. ¿O es que acaso el amor, la tolerancia, el diálogo, el respeto y las buenas maneras han de ser sustituidas por el insulto a causa de las diferencias en el entendimiento de la religión?.
La “verdad” religiosa ¡no es un axioma científico!, sino una opción de fe individual, y por lo tanto digna de todo respeto. Pregunten a cualquier religioso por su fe, y verán cómo, salvo muy raras excepciones, todos dirán que la suya es la única verdadera. Hace tiempo publiqué, en uno de mis ocho libros que ahora no recuerdo, un cuento antiguo de la Tradición.

El de un ulema que menosprecia a un pastor por no rezar según la ortodoxia, y cuando el ulema se aleja del pastor escucha una voz que le impreca; “¿Quien te autorizó a meterte entre mi siervo y Yo”?. Pero como en todo, también para cualquier aspecto de estos comentarios debe de haber honrosas excepciones. Siempre escribí y dije, y mantengo, que la erudición ocupa un papel insustituible durante el proceso de enriquecimiento. Nos aporta datos y criterios enriquecedores, y logra ayudarnos a percibir factores que pudieran habernos pasado desapercibidos, pero…, la erudición no puede autorizarse a sí misma para convertir la religión en una losa que aplaste la libertad de conciencia, con el pretexto de protegernos por si nos equivocamos.

¿Qué sería de la libertad con la que hemos sido creados, si se nos condenara por movernos entre el acierto y el error probables, consecuencia natural de cualquier proceso de desarrollo? ¿Acaso toda la humanidad está desviada y condenada eternamente cuando su experiencia religiosa no es como la de cualquier otro, sea este sabio o ignorante? ¿No hay sabios, y también ignorantes, en todas las disciplinas, incluidas las religiosas?. En cuestiones del espíritu, donde cada cual ha de creer lo que buenamente pueda, sin presiones ni desprecios, según enseñan el Corán y el sentido común, pues; “Para cada uno de vosotros Hemos decretado un camino diferente”. Y; “No cabe coacción en asuntos de fe”.
¿Quién tiene la garantía absoluta de que su creencia es la única posibilidad de acercamiento al Creador? Como ya he dicho; en las cosas del espíritu no existe el axioma científico como certeza irrefutable, sino la aproximación intuitiva y la buena fe. Todos hemos visto, en ocasiones personalmente, a sabios ulemas entrados en años, de largas barbas blancas, turbantes y túnicas, venerados por las masas enfervorecidas, expositores del único Islam “verdadero”, pero que incitan a la masacre, al terror, y a la intolerancia. ¿Debo yo de matar a Salman Rusdi cuando le vea, a causa de la fatua de un muy erudito ulema?. ¿Debo de matar a pedradas a una mujer, por la interpretación que muy eruditos ulemas hacen del Corán?. ¿Debo de matar a los homosexuales, que lo son por decisión Creadora, a causa de la opinión de eruditos ulemas?. ¿Debo de negar la entrada al Islam a quien no es capaz de matar un cordero durante la gran fiesta en conmemoración de Ismael*, tal y como se pronunciaba un detractor que conocí?.

Habiendo dejado clara la importancia de la erudición, nuevamente afirmo, según mi criterio y el de autorizados sociólogos, que son los eruditos religiosos los que establecen las “líneas maestras” diferenciadoras. Son los eruditos quienes, con sus conocimientos, pueden asistirnos en lo que no sabemos, pero también son ellos los que incitan a las gentes a posicionamientos beligerantes. Son ellos los artífices de la interpolación sobre los textos, los creadores del laberinto que dificulta, complica, y pervierte el sentido original. Son ellos los que recortan las conciencias y privan al espíritu de su libre vuelo. Son ellos los que incitan a la confrontación armada, los que condenan, los que apedrean, los que queman, los que imponen sus saberes y limitan las conciencias.

Y sólo, cuando son verdaderamente sabios, se abren al diálogo, a la diferencia de opiniones, sin condenas ni imposiciones, y de ser así, también son los que pueden ilustrarnos. Pero no por esto sus opiniones han de ser aceptadas sin más, sino contrastadas bajo un sano criterio propio, y si es necesario de otros tan sabios. En el marco del Islam, e inevitablemente en la T. Sufi, sólo hay dos fuentes de conocimiento religioso que deban de ser consideradas como válidas; Corán y Hadit. Fuera de Islam, o dentro de él, hay otras muchas fuentes, que pueden sernos útiles o no, y esto dependerá del sano criterio de cada persona, de su percepción de la realidad, de su posición espiritual, en definitiva de su conciencia, donde nadie está autorizado a intervenir.
Así mismo en Islam tan sólo hay una cosa que deba de ser practicada; la ´Ibadat. Cualquier otra práctica religiosa, venga de quien venga, podrá ser aceptada o no, y esto también dependerá del nivel de percepción de cada persona, de su estado espiritual, de su cultura o de otros factores. En definitiva también de su conciencia. Y aceptarlo o no, no puede ser motivo de agresión o ninguneo por parte de otros criterios que respetuosamente no invalidamos, ni tenemos este derecho, pero que no son los nuestros.

En cierta ocasión llega un hombre ante el Profeta y pregunta; ¿Qué debo de hacer para alcanzar el Paraíso?. La respuesta del Profeta fue esta: “Practica la ´Ibadat”. El hombre respondió: “Por Al Lah te juro que no haré ni más ni menos”. Cuando el hombre dio media vuelta, el Profeta comentó con quienes estaban con él: “Si queréis ver a un hombre del Paraíso mirar a aquél”. En otra ocasión preguntan; “Profeta, qué es lo que más ama Al Lah del Islam”. A lo que el Profeta respondió; “Tres cosas, la sencillez, la sencillez, la sencillez”. Shadzili, siglos más tarde, haría suya esta afirmación diciendo: “Hacer las cosas con sencillez, no las hagáis difíciles, pues en la sencillez ya encontraréis suficiente dificultad”.
Quizás por esto Shadzili no fuera partidario de ciertos ejercicios grupales para alterar los estados de conciencia, pues conocía el riesgo de auto-engaño que encierran. Estados seudo-místicos producidos por la hiperventilación, el sonido rítmico, la excitación grupal, etc. En cualquier caso yo, personalmente, no soy partidario de tales ejercicios, los he visto, he participado de ellos, y ¡francamente!, con todo el respeto que sin dudar me merece esta antigua costumbre, en una cultura determinada, también percibo riesgo de seducción por parte del ego en su práctica. Con todas las salvedades y excepciones.
Esto es lo que creo en conciencia, pero cualquier otra creencia que no observe cuanto yo creo, no puede ser considerada por mí como mala o como buena porque si, pues todo es lo que es, en razón de quien lo observa y así lo cree. Por lo tanto, cuando un Ulema, un Maestro, o quien quiera que fuere, nos enseña algo o nos induce a algo más que no sea la ´Ibadat, esto algo de más puede ser aceptado o rechazado, mediando el contraste, la reflexión y el propio criterio.

En definitiva, será de nuestra conciencia de lo que hayamos de rendir cuentas, y no de la conciencia de otro, por sabio que lo consideremos. Sobre la T. Sufi como experiencia mística, y no como erudito que desgrana su historia, ya escribí cuanto, por ahora, creo conveniente. No obstante recordaré aquí algunas cuestiones aclaratorias ya dichas. En los inicios del Islam se dice que el Profeta se reunía con un pequeño grupo de allegados para instruirles en secreto.

Algunos de ellos, Abu Hurairah por ejemplo, habló así a la multitud tras la muerte de Muhammad; “Del Profeta hemos recibido dos legados, uno ya lo conocéis, pero si os comunicara el otro me cortaríais la cabeza”. Ahora, desde el legado “que ya conocen”, se repite la historia, y nos agreden al juzgarnos por aquello que no pueden conocer los que nos cortarían la cabeza. ¿Acaso no saben que tan sólo Al Lah conoce lo que guarda el corazón humano?. Se dice que estos fueron los prolegómenos de la T. Sufi, antes de ser así llamada, una enseñanza reservada a unos pocos capaces de ir más allá de la letra y lo aparente. Enseñanza que fue perseguida o admirada, según los avatares de la historia. Hoy prohibida en Arabia Saudita y en otros lugares, pero muy bien recibida allí donde colabora en favorecer el sometimiento de los ciudadanos al poder reinante, actuando como opio del pueblo, sin necesidad de que inoportunamente deba de nombrar gentes o lugares.

En los inicios de cualquier forma de concebir la relación Creador-criatura, algunos hombres y mujeres totalmente empapados de Amor Divino, ensayaron o tuvieron experiencias “personales” de acercamiento a La Divinidad. Algunas personas, buenas observadoras, se les acercaron para pedirles consejo, y cada uno de estos “Amantes”, dio la respuesta correspondiente a su propia experiencia de enamorado. Así nacieron grupos, muy familiares inicialmente, de gente que preguntaba a alguien que podía ofrecer algunas respuestas que, ¡siempre!, serán subjetivas.

Este discreto movimiento en el Islam, sin nombre en sus inicios, desprovisto de excesos y formalismos, fue reconocido posteriormente, según criterios, como “el de los que visten con lana”, o Sufis. Sobre este nombre, Sufis, uno de los primeros Maestros de la antigüedad, creo que allá por nuestro siglo nueve, vino a decir; “El Sufismo era inicialmente una realidad sin nombre, ahora es un nombre sin realidad”. ¡Este comentario ya en el siglo IX!. ¿Merecería ser mejor en la actualidad?. Cada cual dé su respuesta.

Mi respuesta subjetiva, en relación a mi experiencia, es esta; Salvo contadísimas excepciones, que las hay, ¿con qué nos encontramos ahora?. En general con “maestros” herederos de las fortunas acumuladas por sus abuelos y su padre, son buenos conocedores del Corán, la Sunna, el Fiq, y cuanto se puede estudiar en una escuela coránica, pero… ¿esto les autoriza en nombre de sus antepasados a poseer un estado espiritual que, como un don inmerecido, sólo de Dios puede llegar y no del padre?. ¿Acaso no decimos cada día al recitar Fatiha; “…sólo de Ti esperamos…”. Ya escribí hace tiempo; “Muchos eruditos pueden hablar de la miel, pero sólo las abejas, que no hablan, pueden hacerla”.
No me niego a la erudición, al contrario, la estimo ¡con cierta medida!, pues sabiduría y erudición no han de ser necesariamente antagónicas, pero prefiero ser abeja, si Dios me lo concede. Hay en la actualidad verdaderos Maestros del espíritu, o diciéndolo de otra forma, personas de un alto nivel espiritual cuya experiencia nos puede ser de gran ayuda, pero estos pocos, que difícilmente se acreditarán con las herencias paternas, suelen estar ocultos y con muy pocos discípulos.

En las más de las ocasiones con ninguno. Ya escribí, hace tiempo, que el primer paso en la evolución del espíritu, para todo buscador, se encuentra en su entorno cultural, en el conocimiento previo de su propia religión, pero es muy probable que, más tarde, haya de enfrentarse a las limitaciones que pretendan lastrar su propio vuelo y se decida a buscar más allá. ¿No fue Rumi quien dijo: “Hasta que la herejía se convierta en fe, y la fe en herejía, nadie será verdadero musulmán”?. Y ¿no fue él mismo quien dijo: “Antes de caigan Mezquitas y minaretes, no habrá muchos derviches alrededor”?. Y, a semejanza de aquél otro Maestro, ¿no hemos dado vueltas a la Kaaba, hasta percibir que era la Kaaba quien daba vueltas en torno a nosotros?. Pues; “No Me abarcan los cielos ni la tierra, pero sí el corazón humano”.

Entonces… ¿no es el corazón humano la verdadera Qibla?.

El Sufi es un senderista, y ha de senderear por tantos caminos como puedan serle útiles, sin que esto se convierta en una adicción, pues no en vano dijo el Profeta; “Buscad la Sabiduría, aunque para ello tengáis que viajar hasta los confines de la Tierra”. ¿Cómo se atreven ahora a decirnos; “La sabiduría está aquí, o allí, y no en ninguna otra parte”. Estando en Jerusalén invitado por el Sheyh Abdulasis Buhari, en la Mezquita Al Aqsa tuvimos una reunión con otros. Todos estuvimos de acuerdo en esto; el tiempo de las luchas por las diferencias inter-religiosas debe de ser sustituido por el respeto, al fin el ser humano adorará a su Dios en libertad, más atendiendo a los que nos une que a lo que nos separa. Lo que nos une es cuanto tenemos en común, las diferencias son las que nos enriquecen.

En definitiva esto es lo que pretendió Muhammad*, según mi parecer y el de otros. Dijo el Profeta; “Si fuerais perfectos Al Lah destruiría esta humanidad, y crearía otra imperfecta, para que cometiendo errores fueran a pedirle disculpas y Él los disculpara”. ¡Hermanos!, nadie debe de talar el árbol que da fruto, y además intentar hacer astillas con él, si alguien comete errores, a juicio de quien sea, hablemos primero con él, y si no acepta nuestra opinión respetemos la suya, aún cuando no la compartamos.

Seamos primero sabios, antes de emitir condenas, porque no sabemos lo que guarda el corazón, patrimonio del Altísimo. Y el Corán nos enseña que “El hombre se precipita en sus juicios”. Y si somos verdaderamente sabios nuestro corazón estará más dispuesto a la prudencia, al diálogo, al respeto, a la misericordia y al amor, que al juicio condenatorio, propio de la ignorancia fanática, aunque pretenda revestirse de erudición. Pues quienes se autoproclaman jueces ya deberán de saber que: Nos enseña el Islam; “No queráis conducir a nadie por vuestra ruta, ni ejerzáis presión alguna, pues ninguno de vosotros tiene un camino igual al de otro”. Y dice el Corán; “Existen muchas vías de ascenso hacia Dios”. 70:3 “A cada uno de vosotros le Hemos asignado una ley y un modo de vida distintos” 5:48 ¡Oh vosotros que habéis llegado a creer!, evitad la mayoría de las conjeturas sobre otra gente…, y no os espiéis los unos a los otros, ni murmuréis unos de otros”. 49:12 “…mala es toda imputación de iniquidad después de haber alcanzado la fe”. 49:11 “…y al final todo revelará su realidad” 54:3 Respetémonos pues en nuestras diferencias, compartamos con respeto lo que decidamos compartir, y dejemos los juicios en manos del Aquél que más sabe, ya que “al final todo revelará su realidad”. Seamos pacientes en esperar ese momento final de la misericordia, sin agredirnos, sin faltarnos el respeto.
Dejemos espacio, como se nos pide, para que cada cual se desarrolle como en buena conciencia sepa hacerlo, pues ¿no hay un camino para cada uno?. Por esto, hermanos, no intentéis dinamitar otros senderos, no hagáis de la religión un tribunal, respetar las diversas opiniones, y considerar que todo esto no es sino una escuela de acercamiento donde todos aprendemos.

                                                                                                   
                                                                                               Hayy S. Sa´id b. Aÿiba, abdú Rabihi
Tarika Shadilía de Murcia (Valle Ricote)
                                                                                                                     
Julio de  2007
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En presencia del más Compasivo y Misericordioso

Estos comentarios, algunos de los cuales ya fueron publicados en el libro “Un tesoro Oculto. Las flores del Corán”, al igual que cualesquiera otros, forman parte de lo que yo creo en conciencia, son mi reflexión, y por lo tanto no deben de ser aceptados sin más por otras personas. Algunas de las afirmaciones que hago están apoyadas en el conocimiento del devenir histórico. Otras, en cambio, no son sino mis propias opiniones, ya que a tenor de cuanto escribo no considero que yo sé, más bien considero que tengo opiniones, muy al contrario de lo que alguien me dijo en cierta ocasión con el índice en alto; “¡yo no opino, yo sé!”.
Pero en cualquiera de los casos, el hecho de que yo afirme una posibilidad, no supone que niegue otras, sino que ese es mi criterio, y como suelo decir, todo debe de ser meditado y contrastado por vosotros. Aquello en lo que pudierais estar de acuerdo os será útil en el acuerdo, y en lo que no lo estéis os será beneficioso al estimularos en la búsqueda de otras respuestas. De cualquier modo, tanto lo uno como lo otro, nos servirá en el transcurso del aprendizaje pues, como ya sabemos, el aprendizaje no es sino un proceso de confrontación entre posibilidades.
Uno de los datos históricos que deben de ser tenidos en cuenta a la hora de enfrentarnos al hecho religioso, a grosso modo, es que todas las religiones sin excepción, a partir de la desaparición de sus fundadores, han padecido manipulación posterior por parte de aquellos que se proclamaron sus seguidores. Por ejemplo: Buda*, enfrentado a la imposibilidad de describir La Divinidad, obvió toda referencia a Ella, limitándose a predicar sobre el proceso hacia el estado de iluminación que, una vez alcanzado, daría a entender la complejidad de tal silencio. No mucho después de su muerte sus “seguidores” lo idolatraron, convirtiéndole en una especie de dios al que rinden culto, pervirtiendo así el propósito del fundador.

Con Jesús de Nazaret* sucedió algo semejante. Su prédica iba dirigida a “las ovejas perdidas del pueblo de Israel”, a los judíos, no a gentiles ni a samaritanos. No tuvo otra pretensión que la de retomar la sencillez perdida de la Revelación Abrahámico-Sinaítica. Pues; “No he venido para abolir la ley y los Profetas, sino para que se cumplan”. No pasó mucho tiempo, tras su desaparición, sin que sus “seguidores” le divinizaran y, sobre él, crearan toda una pléyade de cristianismos, como ya conocemos.